martes, 25 de noviembre de 2014

¿Por qué nos quejamos de las reuniones...si nos encantan?


Y a usted también.

¿Se apuesta un "me gusta" a que se lo demuestro?

¿Preparado?

¡Vamos allá!


Pongamos que está usted con un grupo de amigos de siempre, tomando unas cervezas en una terracita. La verdad es que da igual qué amigos sean y el lugar el caso es que sale una conversación de trabajo. Por su puesto, todos están super-atareados en sus relevantes ocupaciones. Nadie tiene un minuto para un café, las noticias o las características de último móvil de Apple. Pues bien, suponiendo que usted "entre al trapo", elija cual de estas dos frases prefiere usted decir:

a) Tengo la agenda repleta de reuniones. No paro de sala en sala, de despacho en despacho, de edificio en edificio...
b) Tengo la lista de tareas a reventar. No puedo levantar la cabeza de mi mesa.

No mienta. Ha elegido la opción a. Tampoco se martirice. Es natural el deseo de reconocimiento de nuestros semejantes pero vayamos a lo sustancial. Existen multitud artículos sobre la pérdida de tiempo que suponen la mayoría de las reuniones pero nadie se ha percatado de que la pérdida es para la empresa ya que para los individuos (empleados), son de lo más rentables. Cualquier excusa es buena para convocar. Además, en ocasiones, parece que los asistentes son más importantes que el contenido. He visto quien, antes de mirar el orden, se fija en la lista de convocados y solo confirma la asistencia si asiste fulano o mengano, con quien interesa relacionarse.

Reunirse es un modo estupendo de lucir habilidades naturales, en el sentido de aquellas que no requieren cualificarse. Además son una forma perfecta de diluir responsabilidad. Tomar una decisión implica la asunción de consecuencias, ahora bien, una decisión consensuada, además de "modernísimo", permite esconderse en la colectividad. Este es uno de los efectos perversos de la ausencia de gobierno. Al no conocerse las atribuciones, se comparten aquellas que pueden tener consecuencias individuales. Esto impide a la Dirección dirigir, es decir, corregir desviaciones respecto aun plan trazado, sin contar que genera un incremento tremendo de los costes de transacción. En este sentido y como "cloenda" (como diría Herrera), le propondré un ejercicio. Como supongo que las salas de reunión de su empresa estarán siempre ocupadas, pruebe a multiplicar el coste medio de persona/hora por el número de asientos disponibles en las salas y multiplique de nuevo por las 6 horas "reunibles" (nadie convoca a primera de la mañana ni en las próximas a la comida). Ahora, multiplique el resultado por 220 (días laborables al año), y verá como con esto daba para una cesta de Navidad con algo más de cuatro turrones de serie B y dos botellas de clarete.

Por cierto, recuerde su deuda y dele a "Me gusta".

Imagen cortesía de emily9
Freedigitalphotos.net


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